El cifrado con contraseña choca con que la contraseña hay que pasarla de algún modo, y pasarla de forma más segura que el propio mensaje. Aquí no hace falta: el destinatario publica su clave pública una vez, tú cifras con ella y solo él podrá leerlo, con su clave secreta. No hay nada que acordar de antemano.
Las claves y el cifrado se calculan en tu navegador. No vemos ni las claves ni el texto.
Vacío: el destinatario leerá el mensaje, pero no sabrá de quién es. Con clave: verá con qué clave se cifró, y eso no se puede falsificar.
La sal de la frase es la misma para todos; si no, la clave no sería reproducible. Aquí una frase corta equivale a regalar la clave secreta.
Ni las claves ni los mensajes se envían a ningún sitio: todo se calcula en esta pestaña.
El destinatario entra aquí, crea un par de claves y publica la pública: en su sitio, en su perfil, en un mensaje fijado. La secreta se la queda. Cualquiera que quiera escribirle toma esa clave pública, cifra con ella el mensaje y envía la línea resultante, aunque sea en un chat abierto. Solo el dueño de la clave secreta podrá leerla.
Con la clave pública solo se puede cifrar; descifrar con ella no se puede, por eso repartirla es seguro. Esa es la diferencia principal con la contraseña: en el esquema con contraseña el mismo secreto cierra y abre, así que hay que pasarlo.
No está en el cifrado, sino en de dónde sacaste la clave pública. Quien puede sustituir el mensaje por el camino puede sustituir también la clave, y entonces cifrarás para él, y él, tras leerlo, lo reenviará al verdadero destinatario sin que nadie note nada. Por eso la clave no debe venir por el mismo canal que la conversación: del sitio del destinatario, de un mensaje fijado, de una tarjeta de visita, de él en persona.
Cerca: firmar un mensaje, si hace falta demostrar la autoría de un texto abierto, cifrar un texto con contraseña, cuando sí hay una contraseña compartida, y cifrar un archivo.
Igual que no hay registros de visitas en la propia VPN: no hay nada que entregar ante una petición.
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